Jun´s·Mis tintas y tecleos

Nightmare…

Definitivamente, el golpe en la cabeza le provocó el aturdimiento. Sus ojos, pesados, no tenían la más mínima intención de abrirse. Simplemente el dolor sordo era todo lo que se permitía sentir en ese momento. Poco a poco fue cediendo, y nuevas sensaciones y percepciones comenzaron a inundar su mente.

No recordaba el pasto que ahora hacía cosquillas en las palmas de sus manos. Tampoco el aire que estaba comenzando a enfriarle cada vez más la nariz. Simplemente, él no sentía que debía estar ahí. Poco a poco los dedos se le fueron desentumeciendo, los movió uno a uno hasta comenzarlos a sentir que volvían a la vida.

Inhaló profundamente, llenándose los pulmones con lo que parecía que era el aire enviciado de una tarde de primavera, cuando los días son incipientemente calurosos y las noches suficientemente frescas como para no pasarlas a la intemperie.

Luego de sentir el mundo a su alrededor se apoyó en sus manos para incorporarse, no sin cierta protesta de sus músculos adoloridos. Girando su cuello, hizo tronar las vértebras y por el rabillo del ojo vio el sitio donde se encontraba. Era a media cuesta de una colina solitaria en el yermo prado, y de el horizonte que ella recortaba, la punta de un frondoso manzano se asomaba.

Él sentía que había algo en el árbol que lo llamaba a ir a su encuentro, así que ignorando los diversos sonidos que su cuerpo acalambrado le dirigían, subió lo que restaba de colina hasta el manzano. Definitivamente, el árbol era bello y estaba rebosante de frutos. Y la boca se le hizo de agua solamente de pensar en la sensación de sus incisivos clavándose en la cáscara.

Acercó su diestra a la manzana más cercana, pero ésta comenzó a alejarse en dirección contraria a donde él se encontraba, mientras las otras se retraían a la copa del manzano. Intrigado, siguió a la manzana del otro lado del árbol. Y sus pasos fueron frenados luego de que casi tropieza con un bultito sentado en la base del árbol.

Se inclinó para quedar a la altura y sus ojos descubrieron que tras la enorme mata de pelo castaño rizado que se veía desde arriba, se escondía el rostro pequeño de una niña, con sus ojos clavados en el cuaderno que sostenía con su izquierda y apoyaba en sus muslos, mientras su diminuta mano derecha maniobraba con una estilográfica enorme que corría veloz por las hojas en blanco, dejando hormigas de tinta allá donde pasaba la punta.

-Hola.-le preguntó a la niña. Ella alzó su rostro, y con los ojos cerrados buscó la fuente de tal sonido. Al abrirlos, vio que estaban velados por una cortina de niebla. Era ciega.

-Tú no deberías estar aquí-le reprochó la niña-. Se supone que debes permanecer más tiempo en el suelo.

-¿De qué hablas?-preguntó intrigado.

-Vamos Darío, sé buen chico y vuelve a tumbarte al pasto.-replicó como si estuviese cansada de decirle lo mismo una y otra vez.

-Espera… ¿cómo sabes mi nombre? ¿quién eres?

-Darío, es la última vez que te lo digo. Si no lo haces, juro que te voy a borrar.

-¿Borrarme? ¿de dónde?-comenzó a zarandearla para ver si obtenía más respuestas, pero en vez de eso la niña lo apartó de un manotazo y recogió la estilográfica que el chico le había hecho lanzar lejos.

-“Y entonces, a causa del golpe, Darío no se levantó nunca más…”-escribió-. Personajes, nunca se van a acostumbrar a ser dirigidos-dijo con desdén luego de que el chico calló fulminado a sus pies.

¿Hasta qué punto tenemos control?

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