Ruth vio por enésima vez la ventana. La noche, templada, amenazaba con humedad. Y la humedad atraería a los mosquitos. A Ruth no le gustaban los mosquitos. Eran feos, agresivos y malignos. O al menos eso era lo que le había contado la abuela.
Cierto, los mosquitos le recordaban a ella. Le recordaban sus manos de largos dedos huesudos y uñas amarillentas. Sus ralos cabellos canos que le picaban la piel cada vez que se le acercaba. La absorbía, la molestaba.
Ruth, Ruth, amor, la abuela necesita de ti.
Agujas, un horrible hombre de blanco proporcionándole gratuitamente dolor y la sensación de no saber porque de entre todos sus primos ella tenía que hacerlo.
Relájate, es sólo un piquito.
Sólo un piquito…
Pero un piquete no era sólo un piquete. Nunca era uno. Y nunca era suave.
Duele…
Se irá en un momento.
No era verdad. Mamá siempre decía que se iría pronto. Pero esa aguja de mosquito nunca dejaba de doler en menos de un día. Ruth estaba dándose al mosquito, y el mosquito la conectaba con la abuela. Con esa abuela de manos de mosquito.
Junio 2009
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Junio 25, 2009
Mosquitoe
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