Ruth vio por enésima vez la ventana. La noche, templada, amenazaba con humedad. Y la humedad atraería a los mosquitos. A Ruth no le gustaban los mosquitos. Eran feos, agresivos y malignos. O al menos eso era lo que le había contado la abuela.

Cierto, los mosquitos le recordaban a ella. Le recordaban sus manos de largos dedos huesudos y uñas amarillentas. Sus ralos cabellos canos que le picaban la piel cada vez que se le acercaba. La absorbía, la molestaba.

Ruth, Ruth, amor, la abuela necesita de ti.

Agujas, un horrible hombre de blanco proporcionándole gratuitamente dolor y la sensación de no saber porque de entre todos sus primos ella tenía que hacerlo.

Relájate, es sólo un piquito.

Sólo un piquito…

Pero un piquete no era sólo un piquete. Nunca era uno. Y nunca era suave.

Duele…

Se irá en un momento.

No era verdad. Mamá siempre decía que se iría pronto. Pero esa aguja de mosquito nunca dejaba de doler en menos de un día. Ruth estaba dándose al mosquito, y el mosquito la conectaba con la abuela. Con esa abuela de manos de mosquito.

lunes. 2:45 am
Javier se sienta en la cama. Aún no amanece. Aunque no hace falta para que sienta que el sol sale por de entre sus sábanas. Su cabello atrapa entre sus hebras la poca luz que viene de la ventana. Tal como una araña avanzando por la almohada.
-Ya casi no sé nada…
Él le susurra mientras ella permanece quieta. Han pasado años desde la primera vez que la vio. Han pasado días por su coronilla y noches por sus tobillos. Sabe la razón de la cicatriz en su vientre. Sabe por qué hay un tatuaje en su hombro.
Pero ya no sabe qué hace cuando no está pegada a su piel. No sabe dónde va cuando él no está entre sus piernas. No sabe por qué sus ojos se ponen acuosos frente a su taza de café. Sabe tanto y aún así, siente que no sabe nada.
-¿Cuándo fue la última vez que hablamos? –le pregunta al aire deseando que, de algún lejano y recóndito lugar del universo, la voz de ella se alce respondiéndole.
Voltea a verle la espalda. Extiende su mano y las toca, una a una, como pasando los dedos por cuentas de rosario.
-¿Recuerdas hace cuanto que no entramos a una iglesia? –él ríe de sí mismo; ella es budista, ya no tiene necesidad de entrar a una. En cambio, él es el único del trío que sigue creyendo en “algo”. René, tan lleno de su absurdo ateísmo, suele burlarse de él. Pero en su profesión, cuando hay que suturar bajo presión o cortar rápida y eficazmente, no queda de otra que encomendarse a algo más para que le guíe la mano.
Se levanta de la cama, dejando vacío un hueco informe en la maraña de sábanas. A la distancia, ve crecer un abismo negro. Es algo más que sólo la alfombra. Prácticamente corrió de nuevo a su lado en la cama. Aún estaba tibio.
Se enrolló en su cuerpo, queriendo robar impunemente el calor generado en la faena. Cerró sus ojos y dejó que el sueño sin descanso lo atontara lo suficiente para el día.
Jamás supo que los ojos ámbar de ella permanecieron abiertos.

Veneno en la confusión, veneno yo…

lunes. 0:21.
Natalia se aferra a tenerlo dentro. Enreda sus piernas de hiedra alrededor del tronco de su espalda. Anida sus uñas en las arenas de sus hombros, atrayendo a la marea de la pasión al acantilado de su vagina.
Siente que su cabeza se hunde en los almohadones, acercándose peligrosamente a la cabecera. Anhela el vacío que próximamente vendrá. Quiere llenarse de él para olvidarse por un momento de cuán vacía está. ¿Es acaso mucho pedir?
Le siente embestir más fuerte. Los dedos de sus pies comienzan ya a arquearse. Pronto, la ráfaga vendrá pronto. Una cosquilla sube por su espina dorsal. ¿Será acaso eso el resultado de la noche?
Voltea los ojos a la ventana y las cortinas nublan su vista, danzando informes en la caricia estival. Desearía tener los ojos miel de su acompañante viendo ese punto bajo la piel entre sus pechos. Que viera que a pesar de latir rápido, no bombea más sangre.
El sonrojo va desapareciendo. Lento, el firme órgano pierde forma, quedando dormido en las oscuridades dentro de ella. Le siente soplar su cuello con cada respiración recuperada. Ahora es certeza, las luces no explotarán dentro de su cabeza.
Una vez más, arropándose en una piel ajena, Natalia sueña.

Sueña, dulce nena, dijeron los Apson. ¿Acaso ellos no sabían que tras las pestañas rizadas también hay pesadillas?

Los días nublados son perfectos para la clase de labores sucias que se hacen en la mente. Los días nublados son perfectos para olvidar. Para recrear. Para tener y desear.

Shteyt a bokher, un er trakh
Trakht un trakht a gantse nakht

Viene, va. Un ruido y ahí está.  Sueños con ojos abiertos. Hipnagógicas ilusiones acompañando la vida. Dos, tres; paso atrás. Sus pupilas se crecen mietras tus dedos se encogen en su mano. Aférrate más…

Tumbala, Tumbala, Tumbalalaika
Tumbala, Tumbala, Tumbalalaika
Tumbalalaika, shpil balalaika
Tumbalalaika, freylekh zol zayn

Sonríes. Sabes que has perdido el tiempo. Se ha ido a algún rincón cósmico del que no volverá. No lo lamentas. Vale la pena si por dos estrofas puedes sentir que su corazón hace “bum, bum” junto al tuyo.

Meydl, meydl, kh’vil bay dir fregn,
Vos ken vaksn, vaksn on regn?
Vos ken brenen un nit oyfhern?
Vos ken benken, veynen on trern?

Hablan de todo y al a vez de nada. Su voz es música. Tu sangre es cascada. Electrones enloquecidos quieren atrapar su piel contra la tuya. Respira su exhalación, hazte propio lo que se le ha escapado.

A shteyn ken vaksn, vaksn on regn.
Libe ken brenen un nit oyfhern.
A harts ken benken, veynen on trern.

Dedo corazón contra su pecho. Pídele que sea tuya y lo será.  El amor puede arder y nunca fenecer. Muerde tu labio, tiéntalo más. Hazlo perderse entre tus rizos y jamás se irá.

A koymen iz hekher fun a hoyz.
A kats iz flinker fun a moyz.
Di toyre iz tifer fun a kval.
Der toyt iz biter, biterer vi gal.

Ven, baila conmigo el último vals. El día se alarga y la noche se acorta; de ese modo, ya no te perderé más. Súbeme a lo alto de tu chimenea; pierde la razón y recítame lo que jamás dirás. Que esta balada de amor, que se perdió entre la música de la lluvia, sea el tatuaje de mi beso sobre tu piel.

Júrame que no me olvidarás…

Tumbala, tumbala, tumbalalaika

Tumbalalaika, may we be happy.

*Tumbalalaika es una balada romántica tradicional judío-rusa.

domingo. 23:12.
El techo del cuarto brillaba a la luz de la lámpara de pie. En las manos de René, las últimas fotos de la actriz del corto de Rolando se seguían una tras otra. Blancos y negros, sepias, colores, primeros planos, perfiles… Carolina se veía perfecta.
Días atrás, el lente de la cámara de René le había permitido asomarse a ella. Sus curvas se difuminaban bajo la lente y el flash le hacía brillar los ojos. Adorable.
La había encontrado en la facultad de Artes. Cuarto semestre en Teatro. Tal vez era por ello que su cámara la adoraba. O tal vez simplemente porque a él mismo le cautivaba. Total, la cámara y él eran uno solo.
Viéndola sonreír desde un primer plano recordó su primer encuentro. Iba jugando con su cámara cerca de la plaza universitaria, enfocando pájaros, autos y cubos de basura. Y le vio pasar. Bueno, más bien vio volar la estola en su cuello, presa danzarina del viento otoñal. Su dedo instintivamente capturó el momento en que la tela roja atravesó el cielo azul. Bajó el aparato y ella le sonrió.
-¿Te estorbé? – la voz de a chica impactó en sus oídos como melodía. Esa era la voz que estaba buscando.
-Para nada. René, un gusto –le tendió la mano esperando saber si esas uñas rojas eran de verdad o postizas.
-Carolina – la sonrisa radiante como el cinturón de Orión. Los ojos brillantes como súper nova. René la quiso para sí en ese instante.
-Un gusto, ¿estudias teatro?
-Así es, y discúlpame, tengo que irme; hay ensayo –Carolina le sonrió y echó a andar rumbo al teatro.
-¡Espera! –René la hizo volver la cabeza con su grito -¿Te gustaría participar en un corto?
Ella sonrió picada en la curiosidad.
-Lo pensaré. –René sonrió para sí. Paso uno dado. Paso dos, hacerla volver. Ella hizo un ademán de despedirse, así que raudo, se removió los bolsillos y extrajo su tarjeta.
-Si te decides, márcame –él sonrió y se fue alejando. Ella quedó con la tarjeta en la mano, mirando curiosa al chico que acababa de conocer.

Los cometas suelen anunciar nacimientos célebres…y catástrofes increíbles. ¿Qué te ha dicho a tí el cometa?

Toca

Unas palabras se sueltan de su boca.
A bocajarros las avienta contra el reflejo de su otra cara.

Toca

El eco alza impasible su mano.
No creyó que el bofetón pudiera voltear su rostro.

Toca

Una mano ajena se deja sentir sobre su hombro.
Cómo desearía en esos momentos estar solo.

Toca

Balbuceo ininteligible.
Allá afuera, una voz quiere traspasar la neblina.

Toca

Hay un mundo. Pero es un vacío.
Y en ese vacío su planeta orbita solitario.
Colisión. Chocan las esferas las unas contra las otras.
Y al final, todo implosiona como supernova.

En un día frío, una bola de granizo fue la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando menos te das cuenta, tienes una mano tratando de consolarte. Y en ese instante, ¿odias la conmisceración humana?

Llovía. Ése día llovía mucho. Curioso porque apenas una semana antes había caído una racha de calor. Maldito calentamiento global. Por lo general no suele haber nada especial cuando llueve en una ciudad: todo se vuelve lodo, charcos de agua estancada y neblina. Tráfico lento y autos colisionando. Incluso humores colapsando.

Por regla, me gusta la lluvia. Soy una persona acuática y la sensación de frescor que dejan las precipitaciones me hace sentir viva. Pero no me gusta compartir mi lluvia con paseantes de ocasión. No soporto gente bajo mi paraguas, oyendo el crepitar del agua, y que no les entren ganas de danzar. Tampoco tolero a la gente pisando charcos como quien pisa el pavimento; les es imposible detenerse a ver su reflejo del cielo al suelo. Y menos me gusta oír caer la lluvia y que su música sea interrumpida por el vulgar parloteo humano.

Pero debo resignarme cuando llueve entre semana. Imagina simplemente lo ridículo que sería responder cuando rpeguntan el por qué de mi ausencia con un “es que los humanos también existen cuando llueve, me entiendes, ¿no?”. Sé que en el vasto mundo existirá alguien que lo entienda, pero mientras no le conosca, debo continuar jugando al ser social, sonreír y decir “gracias por preocuparte” cuando estos extraños comunes se sienten con el derecho a preguntar por mi vida.

Divago. Divago mucho cuando algo ya no me satisface. Divago en clases, divago en las cenas. Divago en las pláticas e incluso divago conmigo misma. A la gente no suele gustarle. Tonta tendencia suya a sentirse el centro de mi mundo. Pero no he de negar que de ello tengo en parte yo la culpa: Soy incapaz de poner un alto hasta el momento en que desbordo. Hasta el momento en que como río contaminado, inundo con mis toxinas las riveras del mundo.

Las gotas de lluvia siguen cayendo. ¿He interrumpido con mi vulgar tecleo esa música en tus oídos?

Recuerdan que se llegó a decir que hinata_sama y sol_víbora_venenosa eran la misma persona? Pues verán, se argumentó que eran hermanas y que por eso compartían IP, pero nunca contaron con mi escurridiza persona. Ahora hinata es Hyatt princess y sol es Himiko. Son hermanas (no rcecuerdo si fue Runa o alguien más quien nos lo dijo), pero yo ya no creo eso. Y he aquí mis pruebas.

(más…)

Mientras me mordía los labios, cada fonema era un balazo.

No quisiera, te juro que no quisiera lastimarte así, pero así son las cosas, ¿qué puedo hacer?

Mientras me mordía los labios, el corazón se me paraba.

Estaremos mejor así, ¿no lo crees?

Mientras me mordía los labios, mi mirada le esquivaba.

Sólo es por un tiempo, después todo volverá a ser como antes, ¿serás paciente, verdad?

Mientras me mordía los labios, su mano me helaba.

Te quiero, te juro que te quiero, pero ahora no puedo.

Mientras me mordía los labios, asentía a lo que no quería.

Sabía que lo entenderías. Por eso te quiero tanto.

Mientras me mordía los labios, su silueta se perdía…y yo también.

Y mientras, aún me muerdo los labios…

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